En mi espalda

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En mi intento de llenar a mi vida de colores, de risas, de desenfrenos, de mareas, hoy nada de lo que intenté, se conforma. Nada de lo que sueño se realiza. Hace días estoy teniendo dos opciones, reírme a carcajadas o llorar a escondidas. Creo que al fin y al cabo, ninguna de ellas sirve. Necesito la paz que invade los talones, que no aterriza hasta verme en el suelo. La paz que sabe que no necesita tomarse revancha, sino que se establece entre las ideas y en todo mi cuerpo. La paz que esta ahí, debilitada y sola, pero que ya no se preocupa por la vida que tiene que acarrear a la espalda. Vivo en la forma mas insensata que puede vivir un ser humano. Soñando. Tal vez, porque vivo soñando no he descubierto que el sueño a veces necesita un tiempo y un espacio para establecerse. El problema no es el sueño, el problema es la ansiedad. El problema no es la espera, el problema es que no la espero. Ciertas veces entendí que estoy pasando por el cajón de las causas perdidas,  por la zanja de los sueños rotos. Pero existe algo tan inhumano en mi, tan poco esperable que hasta me da asco saber que nunca podré rendirme. Hay una sola verdad, y es la única que sé nunca pude renegar de mi misma y doblegarme ante los deseos de los demás. Muchas veces me pregunte porque Dios se encargo de darme esta fortaleza. Bien se que no la merezco, y que generalmente es poco productiva. Pero, no me pregunten porque, ni como lo sé, solo se que estoy en este mundo para hacer algo mejor de lo que estoy siendo. Para ser feliz, y contagiar felicidad. Hoy en día es eso lo que me mantiene de pie, por eso ¡Gloria a las lágrimas que derrame para llegar hasta acá!